En La Bicicleta no colgamos carteles de bicis por casualidad. Detrás de cada rueda hay dos siglos de historia, de libertad y de arte. Aquí te lo contamos — con datos de verdad.
De lo primero que de verdad dio independencia a las mujeres. Y no lo decimos nosotros.
A finales del siglo XIX, cuando la bicicleta de seguridad (1885) y el neumático (1888) la hicieron cómoda y barata, pasó algo que ningún invento había logrado: por primera vez, una mujer podía moverse sola, lejos y sin pedir permiso.
Para poder pedalear hubo que dejar atrás el corsé y las faldas enormes. Nació el «vestido racional» y los bombachos: una pequeña gran revolución en la ropa que escandalizó a la época.
La líder reformista Frances Willard aprendió a montar a los 53 años y le dedicó un libro entero, «A Wheel Within a Wheel» (1895), comparando dominar la bici con conquistar «el mundo entero».
De un trasto de madera sin pedales a la reina de la calle, en menos de un siglo.
El barón alemán Karl von Drais presenta su Laufmaschine: dos ruedas en línea, de madera y sin pedales. Te impulsabas con los pies contra el suelo. Toda bicicleta del mundo desciende de aquí.
En Francia, Pierre Michaux y Pierre Lallement (patente de 1866) le ponen pedales a la rueda delantera. Sin gomas y con bastidor rígido, traqueteaba tanto que se ganó el apodo de boneshaker, «matahuesos».
Para correr más, agrandaron la rueda delantera hasta metro y medio. Elegantísimo y rapidísimo… pero ir tan alto era de todo menos seguro. Solo para jóvenes atrevidos.
John Kemp Starley presenta su Rover: dos ruedas iguales y transmisión por cadena a la rueda trasera. Por fin cualquiera podía montar. En cinco años barrió al gran biciclo en Europa y América.
John Boyd Dunlop inventa el neumático con aire. De repente la bici era cómoda de verdad — y se disparó su uso masivo.
Todo el mundo quiere una. La bici pasa de juguete peligroso a transporte de hombres y mujeres de toda edad. Es la Edad de Oro… y la época de los carteles que decoran este local.
Cómo una máquina pasó de capricho de señoritos a herramienta del pueblo — y de paso marcó la sociedad y hasta la política del país.
En España la bicicleta hizo un viaje muy concreto: empezó siendo un lujo de pocos y acabó siendo la máquina con la que el pueblo —y las mujeres— se movieron libres por primera vez. Esto es lo que pasó.
Los primeros velocípedos ruedan por Huesca, que presume de ser la cuna del ciclismo español. Allí se publica la revista El Pedal (1870), de las primeras del mundo dedicadas a la bici. Es un objeto carísimo y exótico: cosa de minorías ilustradas.
Nacen las primeras sociedades ciclistas, como la Sociedad Velocipedista Madrileña y el Club Velocipédico de Cádiz. Montar en bici es caro y exclusivo: un símbolo de modernidad y estatus para las clases acomodadas.
Estalla la fiebre de la bicicleta: en 1894 se venden 200.000 bicicletas en España y en 1895 casi 300.000. Al abaratarse, deja de ser solo de ricos y empieza a llegar a todo el mundo.
Se funda en Madrid la Unión Velocipédica Española, la primera federación deportiva de toda España (hoy Real Federación Española de Ciclismo). Ese mismo año, las «Damas del pedal» hacen la ruta Madrid–Toledo: las españolas reclaman su libertad sobre dos ruedas.
Ya barata, la bicicleta se convierte en la herramienta del trabajador: para llegar a la fábrica, al campo o al taller. Por primera vez, mucha gente humilde puede moverse lejos, rápido y sin depender de nadie. Una auténtica revolución de la movilidad y de la independencia personal.
El diario Informaciones organiza la primera Vuelta Ciclista a España (29 de abril de 1935): 14 etapas y 3.425 km. El ciclismo pasa a ser espectáculo popular y motivo de identidad nacional.
Tras la Guerra Civil, en una España pobre y racionada, la bicicleta es el transporte esencial del obrero. Un joven Federico Bahamontes se foguea pedaleando kilómetros para repartir y trapichear con el estraperlo, solo para sobrevivir.
Bahamontes se convierte en el primer español en ganar el Tour de Francia y en el primer gran éxito internacional del deporte español. En plena dictadura, su gesta se vive como una victoria de todo el país.
El desarrollismo trae el SEAT 600 y la Vespa, y la bici queda arrinconada como «el coche del pobre». Décadas después renace con fuerza: hoy vuelve a ser símbolo de libertad, salud y ciudad.
En el fondo, la historia de la bici en España es la de una libertad que se democratiza: lo que empezó como un privilegio de pocos terminó dando movilidad, independencia y orgullo a todos — empezando por las mujeres y los trabajadores.
Porque coincidieron tres cosas: una moda, una técnica nueva y unos artistas geniales.
Con la fiebre de los años 1890, cientos de marcas se lanzaron a una guerra de carteles. Llegó en el momento justo: la cromolitografía permitía por fin imprimir color a lo grande y barato.
Jules Chéret, el «padre del cartel moderno», lo hacía con solo tres tintas (rojo, amarillo y azul). Y artistas como Alphonse Mucha, Toulouse-Lautrec o Jean de Paléologue «PAL» convirtieron un simple anuncio de bicis en arte de museo. Hoy esos carteles se cuelgan en galerías… y en este local.
Una pequeña pinacoteca de la bicicleta:











La bicicleta no solo se anunciaba: inspiró a los grandes artistas y a la mejor literatura.
Empezó como un anuncio de cadenas de bicicleta. Hoy es una obra maestra del cartelismo, con ciclistas lanzados en pleno velódromo.
El futurismo italiano se enamoró de la velocidad. Boccioni descompone al ciclista en pura energía y movimiento. El cubismo de Metzinger («Au Vélodrome», 1912) hizo algo parecido.
Frances Willard cuenta cómo aprendió a montar a los 53 — y lo que significó para una mujer de su tiempo.
De H. G. Wells: el primer libro sobre cicloturismo, escrito en plena fiebre ciclista.
Un himno a la bicicleta firmado por Maurice Leblanc… el mismo que años después crearía a Arsène Lupin.
De Mark Twain. Suya es la frase: «Cómprate una bicicleta. No te arrepentirás… si sobrevives.»
Hasta el séptimo arte ha rodado sobre dos ruedas. Y empieza por una obra maestra.
En la Roma de posguerra, un obrero consigue por fin un trabajo… que necesita una bicicleta. Cuando se la roban, recorre la ciudad con su hijo buscándola. Una de las cumbres del neorrealismo italiano y, para muchos, una de las mejores películas de la historia (Óscar honorífico en 1950). Aquí la bici no es decorado: es la diferencia entre comer o no comer.
Un joven obrero obsesionado con el ciclismo italiano sueña con ser campeón. Ganó el Óscar al mejor guion original.
La escena en bici más icónica del cine: los niños cruzando la luna por el cielo. Spielberg puro.
Animación francesa: secuestran a un ciclista del Tour de Francia y su abuela va al rescate. Dos nominaciones al Óscar.
Una niña saudí lucha por tener una bici. Fue la primera película rodada íntegramente en Arabia Saudí, dirigida además por una mujer. La bici, otra vez, como símbolo de libertad.
Ahora ya sabes por qué esto se llama La Bicicleta. Pásate, te dejamos rodado y te seguimos contando.
Datos contrastados con la Biblioteca Nacional de España, la Real Federación Española de Ciclismo (sobre la Unión Velocipédica Española de 1895) y prensa de la época —incluida la entrevista de Nellie Bly a Susan B. Anthony en The New York World (1896)—. Los datos de la primera Vuelta a España (1935) y del Tour de Bahamontes (1959) proceden de archivos y hemerotecas oficiales. Las imágenes son originales de dominio público conservadas en museos y bibliotecas: la draisina (museo de Heidelberg), «La Chaîne Simpson» de Toulouse-Lautrec (1896, Biblioteca Nacional de Francia), «Dinamismo de un ciclista» de Boccioni (1913, colección Mattioli–Peggy Guggenheim de Venecia) y el retrato de Susan B. Anthony.